viernes, 22 de abril de 2011

Salvo el poder, todo es ilusión

El resultado de la primera vuelta abrió un tiempo para el diálogo entre los actores políticos. Analistas y periodistas han hecho apuntes y balances sobre los resultados de la campaña y las manifestaciones de duelo, negación e ira que ganó a ese 45% de votantes que no se ven representados en las candidaturas de Keiko Fujimori y Ollanta Humala.

Sin tomarse un tiempo prudencial para evaluar sus respectivas campañas y los pasos a seguir de cara a la segunda vuelta, los derrotados se reúnen, dialogan y promueven apoyos a uno y otro candidato. La premura por una definición parece obedecer a un intento por mantener alineadas a sus huestes ante el desmadre que se avecina. A nadie se le escapa que ningún candidato tiene capacidad de endosar sus votos, sin embargo, las definiciones o acuerdos que ahora se alcancen despejarán el panorama sobre los futuros apoyos en el Congreso, y esa será una carta que aportará confianza a las candidaturas.

Ollanta y Keiko están obligados a desplazarse hacia el centro y eso se logra a partir de morigerar algunos planteamientos, haciendo deslindes necesarios con un pasado incómodo, firmando compromisos y haciendo actos de fe. La clave es ganar confianza en esa parte del electorado que no se siente representado en la segunda vuelta. La definición de las agrupaciones políticas fuera de carrera se traza sobre los dos ejes de la campaña para la segunda vuelta: ¿Qué reformas hacer al modelo económico que no interrumpan el crecimiento y al mismo tiempo beneficie a los olvidados del sistema? y ¿Qué candidato garantiza el respeto a las instituciones democráticas?

El espacio de la centro-derecha, de donde proviene el cortejo de dolientes que dejó la primera vuelta, comienza a disolverse. En la Alianza para el Gran Cambio varios dirigentes ya anunciaron que no votarían por Keiko contrariando a su ex candidato presidencial. Solidaridad Nacional se quedó con sus principales dirigentes fuera del Congreso, y con una bancada con varios tránsfugas que recalaron en el partido cuando Castañeda era un candidato promisorio. El equipo económico de Perú Posible junto con reconocidos profesionales que apoyaron la candidatura de Toledo, levantó campamento y buscan acuerdos con el equipo de Ollanta.

En este juego de definiciones la opción que tome Alejandro Toledo parece central de cara a la segunda vuelta y el próximo gobierno. Ello porque Toledo puede albergar aspiraciones presidenciales en el 2016 si se decide a reconstruir su partido y asume el papel protagónico que la coyuntura le exige. Segundo, a diferencia de PPK, que está al frente de una coalición que sólo podría mantener unida si ganaba la elección y Castañada sin peso propio y con una bancada reducida cuyos votos no son determinantes; Perú Posible tiene votos que serían cruciales en un eventual gobierno de Humala.

Al comenzar la campaña Toledo se colocó al centro del espectro político, pero cuando su intención de voto empezó a caer por un tobogán se sumo al coro que agitaba fantasmas y pedía al electorado no dar un “salto al vacío”, comprometiéndose a defender la democracia ante los peligros que vaticinaba. Pues bien, ahora que Gana Perú quiere llegar a un acuerdo debería aceptar el convite. Si no lo hace, aventura al país a un gobierno sin mayorías en el Congreso, da pie a la tentación autoritaria y traiciona la voluntad de los electores que mayoritariamente se manifestaron por el cambio.

Las ambivalencias de Toledo, que el fin de semana último parecía próximo a un acuerdo con Gana Perú y el lunes afirma “Ni con Keiko ni con Ollanta”, descolocó a buena parte de sus cuadros técnicos y produce un cisma en su partido. La disposición al diálogo de Gana Perú es manifiesta y hay temas en los que no sería difícil establecer un acuerdo mínimo, como el caso de aumentar la tributación minera y emplear esos recursos en programas sociales.

Con los resultados a la vista el primer mandato de las urnas es dialogar y buscar acuerdos.
Toledo tiene la opción de convertirse él y su partido en el fiel de la balanza y por tanto garante del sistema económico e institucional que dice defender, pero por el momento elige ponerse de costado. El fujimorismo estará más que agradecido por el gesto.



Publicado en NoticiasSER.pe - 19 /04 / 2010

jueves, 7 de abril de 2011

La conjura de los necios

El miedo es un ingrediente consustancial a la política peruana en tiempo de elecciones. Lo podemos advertir en la volatilidad del electorado, en las reacciones que provoca el ascenso de un candidato o en la reacción nerviosa de los. Reales o ficticios, los fantasmas se agitan cuando percibimos que nuestras seguridades están en riesgo. Pero los miedos no siempre son compartidos, o mejor dicho, no todos tenemos los mismos miedos.

Hay una relación entre la conciencia del peligro que puede sentir un individuo, grupo o sociedad y los niveles de conocimiento y dominio que ellos tengan sobre la realidad misma. Atribuir la caída de la bolsa a la subida de un candidato en las encuestas, por ejemplo, es un recurso que presupone que entendemos, y aceptamos, que la tranquilidad de los que juegan a la timba en la bolsa de valores es importante para nuestro bienestar o seguridad. Pero en el Perú de nuestros días parece poco probable que el 77% de la PEA que está en el sector servicios y comercio ganando el salario mínimo, o el 70% de los peruanos que piden que el modelo económico cambie, se sienta afectado por esos miedos.

Infundir temor en el electorado es una forma de ningunearlo, porque con el miedo lo que se pretende es evitar discusiones, no confrontar ideas.  Se les pide a los votantes resignación y paciencia, que renuncie a sus propias capacidades y condición de ciudadanos, que acepte en definitiva la inevitabilidad de las cosas porque, como dijo Luis XV (otro señor con un ego colosal), “después de mi, el diluvio”.

El miedo ha sido y es el recurso de todos los autoritarismos de diestra y siniestra. Durante la República Aristocrática los partidos oligárquicos en el poder aceptaron las reglas del juego electoral, pero antes que una competencia real aquello era una alternancia pactada. La conquista del poder tenía como resultado la exclusión del bando contrario y si bien formalmente había elecciones, el triunfo correspondía al veredicto de las urnas y este se alcanzaba con bandas armadas que capturaban las mesas de votación. Durante ese período se realizaron las elecciones más violentas de la historia nacional. El temor de la oligarquía a las clases populares se tradujo en exclusión y control. Por un lado negando derechos ciudadanos, por otro tolerando la participación política de las sociedades mutuales, que articulaban los intereses de las élites con los subalternos formando la base social de los partidos oligárquicos y permitiendo que accedan representantes “obreros”  a los que se incorporaba en las listas de diputados y a la concejalías municipales.

Cuando en la década de los 20 y 30 las clases populares alcanzaron un grado de organización e independencia a través del desarrollo del movimiento obrero y la creación de los partidos de masas, el miedo crece. La reacción siguió siendo la exclusión y se tradujo en la ilegalidad del APRA y el PC. El miedo de la oligarquía al APRA se explicaba en su enorme poder de convocatoria y en ser la abanderada de la reforma social. Para conjurar sus miedos la oligarquía en alianza con los militares vetaron su ingreso a la política, recurriendo las veces que fueron necesarias al golpe de estado para evitar su acceso al poder. Ni la moderación de su discurso auroral ni la “convivencia” fueron razón suficiente para levantar el veto.

El fin del período oligárquico trajo la ampliación de los derechos políticos, sin embargo, los gobiernos populistas que le sucedieron fueron portavoces de un discurso que si en el enunciado era inclusivo en la realidad tampoco invitaba al diálogo y la discusión. Al final del primer gobierno de García nuevamente el miedo gana la elección. Un hasta entonces desconocido Fujimori prometía “honradez, tecnología y trabajo” y vestido de mal menor sirvió como conjura del miedo al cambio, representado en la candidatura de Vargas Llosa.

El triunfo de Fujimori acabó con dos décadas de populismo militar y civil que habían postrado al país y dimos el viraje al neoliberalismo rampante y simplón de nuestros días. El gobierno de Fujimori se convirtió en la representación más acabada del discurso y la tradición autoritaria. Preparó el terreno para esta democracia sin partidos y nos impuso la dictadura del tecnócrata que no rinde cuentas y mucho menos pretende educar al ciudadano. Con su saber específico y pretendidamente desideologizado, el tecnócrata da recetas y no admite ser interpelado. El autoritarismo no se caracteriza ahora por la exclusión sino por negarse a la discusión.

A pocos días de la elección se vuelven a agitar fantasmas y lamentablemente, los promotores del cambio también evitan las explicaciones sobre el que hacer, generando incertidumbre y contribuyendo a que el miedo decida otra elección. El debate público de cara a los próximos cinco años se vuelve un torneo de epítetos y acusaciones, donde las alternativas terminan siendo blanco o negro, avanzar o retroceder. Sólo nos queda tener fe.

Publicado en NoticiasSER.pe – 07/04/2011

lunes, 28 de marzo de 2011

A 100 años de la huelga de Vitarte


 
Hacia 1911 Vitarte era un pueblo ubicado a diez kilómetros de Lima, cuya vida se agitaba al compás de la Fábrica de Tejidos de Vitarte, propiedad de la compañía norteamericana W.R. Grace. La compañía construyó las viviendas para los operarios, además de colegio, iglesia y botica, por lo que en muchos aspectos Vitarte fue una company town, pero sin que por ello estuviera aislada de las demás fábricas.

Los trabajadores cumplían jornadas de 12 y 14 horas diarias y compraban sus productos de subsistencia en el tambo de la fábrica a precios más caros que en Lima. Un grupo de obreros comenzó a reunirse en forma clandestina fuera del pueblo con la intención de organizarse para plantear a la gerencia un pliego de reclamos en el que pedían aumento de salarios, precios más baratos para los productos de subsistencia y la reducción de la jornada laboral. Presentado el petitorio la gerencia la desestimo sin más trámite, ante lo cual los trabajadores inician la huelga el 18 de marzo de 1911.

La gerencia de la fábrica contrató rompehuelgas en Lima y con el apoyo de la fuerza policial desalojó a los trabajadores de sus viviendas. A la semana de haber iniciado la huelga 350 de trabajadores fueron expulsados, un grupo se traslado a una hacienda vecina donde levanto campamento, mientras que el mayor número de ellos se dirigió a la capital. Los obreros ingresaron a Lima por las portadas de Maravilla, Cocharcas, Cercado y Martinetti, causando gran impresión en la población limeña y preocupación en las autoridades de la ciudad y el entonces presidente Augusto B. Leguía.

Las sociedades mutuales asumían en la época la representación de los trabajadores y eran los interlocutores naturales entre el mundo del trabajo y el poder público. Si bien inicialmente los obreros de Vitarte se dirigen a la Confederación de Artesanos, la representación de los huelguistas es asumida por la Asamblea de Sociedades Unidas, una central de sociedades mutuales menos dependiente del poder político y que condujo las movilizaciones obreras, negociando con las autoridades las demandas de los vitartinos.

La huelga despertó la solidaridad de los obreros de la capital que colaboraron con víveres y dinero para sostener a los huelguistas, alojados en el local de la “Sociedad 16 amigos” ubicada en Plaza Italia. Su presencia en la capital generó preocupación en el gobierno que temía que el descontento se propagara entre los trabajadores de la ciudad, por lo que presionó a la gerencia de la fábrica para alcanzar una solución. Pero las dilatorias y la escasa voluntad de la Grace para llegar a un acuerdo termino por radicalizar a los obreros, que a instancia de los dirigentes mutualistas propusieron ir a la  huelga general el 10 de abril de 1911.

Ese día, desde tempranas horas de la mañana, piquetes de obreros recorrieron las fábricas promoviendo el paro, los comercios cerraron sus puertas por temor a desmanes y grupos de trabajadores entorpecieron la salida del transporte público quitándole las llaves a los chaufferes. Al mediodía, tres columnas que habían partido de diferentes lugares confluían sobre el centro de la ciudad. El paro general fue un éxito y en la madrugada se firmó el acuerdo que puso fin a la huelga.

Los obreros obtuvieron la disminución de la jornada de trabajo, eliminación del trabajo nocturno, aumento de salarios y la municipalidad de Lima se comprometió a poner un tambo para abaratar las subsistencias. Esto daría un fuerte impulso al aún incipiente movimiento obrero. Al mes siguiente se creó en Vitarte la Unificación Obrera Textil de tendencia anarcosindicalista y de gran influencia en los años siguientes.

El próximo 10 de abril, cuando se cumplan cien años de aquel paro general, los peruanos iremos a las urnas poniendo fin a la primera etapa de una campaña electoral en que el problema del trabajo ha estado ausente de la discusión. La flexibilización laboral impuesta en los noventa y que los dos últimos gobiernos han acentuado ha tenido como resultado jornadas laborales que superan ampliamente las 8 horas de trabajo. El salario mínimo real por debajo del promedio de América Latina según estimaciones de la OIT. En los últimos doce años los ingresos de los trabajadores limeños no ha aumentado, pero si el de los ejecutivos que se elevo en 60%[1]. Más de la mitad de la PEA en Lima se encuentra subempleada, es decir en puestos de trabajo de bajos ingresos y condiciones laborales precarias e inseguras. Ni que decir del Estado que emplea a miles de sus trabajadores bajo la modalidad CAS, renovando los contratos por breves períodos para seguir retaceando derechos laborales. 

Poco se había escuchado en la campaña electoral sobre estos problemas hasta que Pablo Secada, jefe del plan de gobierno de PPK, planteo reducir las vacaciones de los trabajadores a 15 días. ¿Habrá olvidado que los derechos laborales tienen como fundamento la dignidad de los trabajadores? El que hubiera sido un buen gerente de la Grace hoy trabaja para otro gringo.


[1] OXFAM. Pobreza, desigualdad y desarrollo en el Perú. Informe Anual 2008-2009.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Escenario probable


A un mes de las elecciones nacionales todas las encuestas presentadas en la última semana coinciden en señalar que Toledo ha detenido su crecimiento y existe una brecha de diez puntos porcentuales que lo separa de Fujimori y Castañeda, también detenidos y en lento declive.  En cuarto puesto Humala crece y se acerca, amenazando a quienes disputan el segundo puesto para la siguiente ronda.

Los resultados deben preocupar al inquilino de Palacio, que pretende abandonar el gobierno dejando un escenario favorable para su retorno en el 2016. Las preferencias de García, Castañeda y Keiko Fujimori como plan B, que meses atrás hacían el uno-dos en las encuestas, se muestran hoy en extremo vulnerables. Castañeda no logra articular un mensaje que supere la idea ya instalada del hacedor de obras. Asfaltar la sierra no genera mucho entusiasmo. El ánimo picapleitos de sus candidatos al Congreso, y el san benito de candidato oficialista tampoco ayudan y lo obligan a dar un giro rápido aún a riesgo de seguir perdiendo credibilidad. El fujimorismo sigue estancado en el 20%, con su congresal vapuleada, primero por las bajas con escándalo incluido, y luego por las denuncias de vínculos con el narcotráfico que salpican a la misma Keiko. Su táctica es no hacer olas, con perfil de buena alumna, y trayectoria congresal sin hitos ni escándalos, logra retener un núcleo duro de votantes pero sin crecer. No pasar a segunda ronda no es necesariamente un mal resultado, de mantener su intención de voto estarían aumentando sensiblemente su representación congresal y el fujimorismo ha sabido usar muy bien esto como moneda de canje. De todas formas, ambos candidatos tendrán que confrontar para definir el pase a segunda vuelta.

Según la encuesta de Ipsos Apoyo, los candidatos alanistas vienen cayendo en las encuestas en los últimos cinco meses. En octubre pasado ambas candidaturas sumaban el 47% de intención de voto, a finales de febrero alcanzan el 38%. Los candidatos desafiantes a García, Toledo y Humala, suben en el mismo período del 27 al 42%. La tendencia ha sido continua en los últimos cinco meses y la caída de unos, como la remontada de otros corre paralelamente a la caída de la aprobación presidencial. Ese trasvase de votos benefició primero a Toledo y últimamente a Humala.

¿Tendrá Humala tiempo y espacio para crecer? Los votos del sur y el oriente parecen ser la clave. Los votos del sur le dieron la presidencia a Toledo en el 2001, dejaron a Humala cerca de ganar la segunda vuelta del 2006, y ahora son los dos candidatos con mayor intención de voto en la región. El Ollanta recargado de la elección anterior ya fue, aquél con un discurso más radical provocaba entusiasmos que el actual no genera. Costos inevitables de su moderación. Aún así, torpezas ajenas antes que virtudes propias, le permiten moverse a sus anchas por la banda izquierda del escenario ganando los votos del descontento de la mayoría de peruanos que siguen reclamando cambios, aunque moderados.

Para dar el batacazo Humala tendrá que crecer a costa de Toledo, buscando ganar terreno en el sur y el oriente, recuperando los votos de la elección anterior. Usualmente se cree que hay vasos comunicantes entre su electorado y el fujimorista, porque ambos candidatos son fuertes en los sectores socioeconómicos C, D y E. Sin embargo, geográficamente hay diferencias, Keiko se hace fuerte en el norte y el oriente, y es débil en el sur, cosecha más votos entre las mujeres mientras que Humala lo hace entre los hombres mayores de 40. El avance de Humala podría ocurrir si logra reconquistar a sus votantes de la elección anterior disputándole a Toledo el sur y a Fujimori el oriente.

Dada la intención de votos a un mes de la elección, el escenario político se muestra dividido en dos bloques formados por los candidatos alanistas y los candidatos desafiantes a García. Estos bloques han venido actuando en el actual gobierno, y se proyectan como socios naturales para la segunda vuelta y, dependiendo quien asuma en julio próximo, los derrotados serán la oposición del futuro gobierno.

La figura podría cambiar, pero el tiempo para las sorpresas se agota. Solidarios y fujimoristas deberán confrontar por un cupo en la segunda vuelta al igual que humalistas y toledistas, por lo que la disputa tendería a neutralizar las posiciones. Con la ventaja para los desafiantes a García de que la tendencia a la caída de la aprobación presidencial le suma votos a diario y que él sigue creyendo en poder evitar que sea presidente el que él no quiere.

Publicado en NoticiasSER.pe - 09/03/2011 

jueves, 24 de febrero de 2011

Apuntes para una historia del transfuguismo



Días atrás el candidato Alejandro Toledo anunció que presentará un proyecto de ley contra el fransfuguismo, al mismo tiempo reclamaba a los postulantes de su partido al Congreso “unidad, disciplina y lealtad”. El motivo de su preocupación es obvio, durante su mandato la lista congresal de Perú Posible se redujo prácticamente a la mitad, y el parlamento fue un escollo durante todo su gobierno. La desestructuración de las bancadas, incluso antes de que los congresistas lleguen a ocupar sus escaños, es un tema que a inicios de este gobierno también mereció tratamiento parlamentario sin que se aprobara ninguna ley al respecto.

El tránsfuga es visto como un traidor que abandona compañeros e ideales por motivos inconfesables. Pero existen muchas razones por las que los políticos deciden abandonar una causa para sumarse a otra y ello no es intrínsecamente malo, o en todo caso, también puede representar un resurgimiento político. La conformación de las bancadas parlamentarias de los dos últimos Congresos a sufrido modificaciones notorias, pero el problema se arrastra desde la década de los noventa.

En El nacimiento de los otorongos, Degregori y Meléndez repasan la historia del parlamento peruano durante el gobierno fujimorista buscando una explicación para el desempeño del actual. Para los autores el régimen político que nació luego del golpe de estado del 92 y el liderazgo carismático autoritario de Fujimori, explicarían las débiles lealtades y el pragmatismo de los padres de la patria. En un trabajo más reciente publicado en Iniciación de la política, Jorge Valladares busca una explicación a la atomización de las bancadas analizando la manera en que el comportamiento de los grupos políticos moldea su identidad, estudiando para ello la producción legislativa y la votación de los grupos parlamentarios.

Los dos trabajos mencionados estudian el comportamiento político de nuestros congresistas analizando las últimas legislaturas. Tácitamente dejan la sensación de que existió un pasado mejor, donde en política existía la lealtad y disciplina que hoy reclama Toledo. La historia política del Perú, sin embargo, no es un dechado de lealtades y mucho menos disciplina. Como es sabido nuestros partidos históricamente se han formado en torno a candidaturas; el reclamo de lealtad que hace el hoy puntero en las encuestas es hacia su persona, no está hablando de un supuesto compromiso programático por no hablar ya de ideologías.

En el prólogo al libro Partidos políticos en el Perú de Álvaro Rojas Samanez, el periodista Manuel D´Ornellas decía que la movilidad intrapartidaria era un fenómeno típicamente nacional. Hacía alusión a los caudillos locales o regionales que siendo electos por un partido en la Constituyente del año 78, habían sido electos congresistas por otro partido en 1980. D´Ornellas decía algo que hoy nadie cuestiona, para el peruano medio, los partidos son más difíciles de individualizar que los hombres que los encabezan. ¿Siempre ha sido así? Me temo que sí. La historia de los partidos en nuestro país se confunde con la historia de los caudillos.

Durante la República Aristocrática aparecieron las primeras expresiones orgánico-partidarias, en aquel entonces el Partido Civil era el predominante y gobernó siempre en coalición. Los momentos de crisis política son naturalmente más proclives para las migraciones partidarias y el transfuguismo. Así ocurrió al final del gobierno de Leguía (1908-1912) cuando la sucesión presidencial derivó en la división del civilismo y los demás partidos.

La crisis política de entonces permitió la aparición del primer outsider de la política peruana: Guillermo E. Billinghurst. Quién en su discurso de asunción ante el Congreso afirmó que “era ajeno a los antiguos y desgastados métodos de la política… y completamente extraño a las sugestiones partidistas y a las influencias de círculo, por seductoras que ellas sean”. Cualquier semejanza con las expresiones de nuestros candidatos de hoy, no es casualidad.

El Comité Central Ejecutivo de la candidatura de Billinghurst estuvo integrado por hombres que provenían de distintos partidos. Entre ellos figuraba Manuel Quimper, seguidor de González Prada y fundador de la Unión Nacional a fines del XIX. Años más tarde fue electo concejal de Lima por el Partido Demócrata, se sumó al billinghurismo y a la caída del gobierno  migró al Partido Liberal siendo elegido diputado suplente. Los demás integrantes del comité tienen historias similares, e incluyó a personajes como Francisco A. Loayza, director de varias publicaciones y primer redactor de La Protesta, el periódico  más influyente del anarcosindicalismo. Otro dirigente destacado fue Alberto Secada, congresista durante el gobierno de Billinghurst, había iniciado su trayectoria política en el Partido Radical, tuvo un pasaje por el demócrata, en coalición con el civilismo independiente es nombrado concejal y luego Alcalde del Callao, al final de su vida apoyó el segundo gobierno de Leguía.

El transfuguismo no es un problema nuevo, que existe desde el nacimiento de nuestros primeros partidos. Una diferencia entre aquel y este transfuguismo, es que aquel respondía a crisis políticas, el de hoy en cambio parece obedecer al ciclo electoral. La preocupación de Toledo es entendible, pero no debería olvidar que la elección de sus candidatos fue una decisión suya y de su entorno. Como sugiere Valladeres, deberíamos preguntarle si sus candidatos tienen posturas colectivas en política económica o social. De no ser así, ¿para qué quiere mantenerlos unidos?


Publicado NoticiasSER.pe - 23/02/2011

Circulo vicioso

Anodina, sosa, deprimente, lamentable, son algunos de los calificativos que se escuchan sobre la actual campaña electoral. Los temas que momentáneamente ocupan la agenda pública surgen del desliz de algún candidato, y son la ocasión para el cruce de calificativos como “coquero”, “loca” o “asesino”, sin argumentos sobre liberalizar el consumo de drogas, la unión de parejas gay o la despenalización del aborto. En los comandos de campaña parecen tener más peso los especialistas en marketing que los políticos que articulen un discurso coherente y capaz de entusiasmar a un electorado apático.

Ahora que ya conocemos las planchas presidenciales y se han conformado las listas de los candidatos a “padres de la patria”, existe la sensación generalizada de que el próximo Congreso será peor que el actual, como este lo es respecto del que lo antecedió. Los filtros rigurosos para la elección no fueron tales, y hasta último momento se produjeron bajas y cambios en el orden de la lista con mayor o menor roche. Las figuras mediáticas acaparan los titulares y los políticos o militantes son desplazados sin mayores miramientos. 

Según la última encuesta de IMASEN, cinco fuerzas políticas pasarían la valla electoral y lograrían escaños, probablemente la sexta sea el APRA. Sin embargo, nada hace pensar que quienes obtengan representación parlamentaria mantengan las alianzas, por lo que no es descabellado pensar que las bancadas se dividan antes de instalarse o al poco tiempo de haber asumido sus escaños, como ya ocurrió con los Congresos electos en el 2001 y 2006. Ese parece el precio a pagar por tener partidos electorales (o “vientres de alquiler”), que una vez cumplido el ciclo electoral simplemente se diluyen.

Esto tendrá al menos dos consecuencias previsibles. Una es la baja calidad del trabajo congresal, leyes “populacheras”, mal cumplimiento de la labor de fiscalización, bajos índices de respaldo a la institución y, algo que ya es costumbre, la concesión de facultades legislativas al Ejecutivo acentuando los rasgos personalistas del régimen político. Por otro lado, congresistas que ocupan una curul como invitados del candidato a presidente de una alianza, o por haber ganado una “licitación”, no se sienten integrantes de ningún colectivo, sino dueños de un escaño ganado por sus méritos y gracias al voto preferencial.

El resultado son partidos que se reducen al líder y su entorno, con una fuerte concentración de poder personal reproduciendo una larga tradición política de nuestro país. No hay mayores diferencias entre las alianzas o partidos políticos que promueven a los actuales candidatos que los que impulsaron en su tiempo a: Cáceres, Piérola, Durand, Sánchez Cerro, Bustamente y Rivero, Prado, Odría, Cornejo Chávez, Belaúnde, Bedoya, Barrantes, y la lista es mucho más larga, la última incorporación a ella bien podría ser Susana Villarán. A la muerte o retiro de la política de los líderes sus agrupaciones políticas desaparecieron o languidecen, a excepción de los que encuentran otra figura carismática que tome la posta como en el caso del PPC y el APRA. Pero que sin ellos como candidatos, corren el riesgo de reducirse a su mínima expresión.

Esto explica porque Toledo termina su mandato presidencial con más del 30% de aprobación y su partido en el 2006 pasa la valla por un puñado de votos. Logró mantener su presencia en la escena retornando esporádicamente al país, mientras que su partido abandona el letargo para iniciar una nueva campaña. Las intenciones de García parecen ir en el mismo sentido, el APRA pasará o no la valla, pero los votos del partido no guardarán relación con la aprobación a la gestión de su líder, que también querrá volver.

Hay un círculo vicioso que nos lleva de líderes personalistas, con partidos que se reducen a él y su entorno, que llenan planchas presidenciales y listas congresales con figuras mediáticas invitadas, independientes que llegan a “renovar la política” (o conocer cómo funciona eso que quieren renovar), que se sienten dueños de su escaño y están prontos a levantar vuelo y “fugarse” con otro candidato que le permita mantenerse.

En algún momento el discurso de la renovación política, entendido como simple recambio de personas, mostrará sus límites y comenzaremos a hablar de la necesidad de profesionalizar la política (1). De alguna manera sus límites están a la vista cuando contrastamos los índices macroeconómicos con la profunda crisis política, o vemos el desinterés de los candidatos por los 250 conflictos sociales monitoreados por la Defensoría del Pueblo a la espera de que alguien haga algo más que estudiarlos e interpretarlos, o cuando observamos los candidatos con mechones de pelo en la mano rumbo a alguna clínica para hacerse un examen toxicológico.

Quizás no estemos tan lejos de un cambio. El APRA y el PPC, reducidos a su mínima expresión, dentro o fuera del Congreso, bien podrían, renovación mediante, ser los portadores de un discurso que revalore la actividad política y busque su profesionalización.

Nota

(1)   Entendida esta como personal formado y capacitado en los temas sociales, jurídicos e incluso técnicos necesarios para desempeñarse en la actividad política.

Publicado NoticiasSER.pe - 09/02/2011

martes, 25 de enero de 2011

Elecciones internas

En la última edición de la Revista Elecciones[1] se publicó un interesante artículo de Flavia Freidenberg sobre el comportamiento de los partidos políticos y sus consecuencias sobre la gobernabilidad democrática en América Latina. La autora señala que en la década de los 90 un número importante de partidos políticos latinoamericanos hicieron reformas estatutarias y cambios organizativos con la intención de volver a conectarlos con la ciudadanía. Las reformas fueron fundamentalmente de dos tipos: se variaron los términos de representación de subgrupos (cuotas) y se modificaron las formas de seleccionar los cargos de representación popular (candidaturas presidenciales, municipales, congresales).

En el Perú se aprobó a comienzos de la década que recién termina una Ley de Partidos que buscaba la consolidación de los partidos políticos. Con esas reglas de juego se han realizado tres elecciones regionales y municipales y dos presidenciales contando la del próximo abril. Sin embargo, la ley no ha logrado su objetivo, más bien ha contribuido a la atomización de la oferta electoral y a debilitar a los partidos nacionales como dio cuenta la reciente elección regional y municipal. Los resultados mostraron que no hay partidos con verdadero alcance nacional, y una muestra de su debilidad es la extendida práctica de buscar candidatos en personas que no provienen de los aparatos partidarios (Araoz, PPK, Rodríguez Cuadros).

Los resultados de la elección regional y municipal, con la novedad del triunfo de varios movimientos regionales y la mala performance de los partidos nacionales, ha hecho pensar a algunos analistas en el fin de los partidos en el Perú. Dos encuestas recientes[2], sin embargo, invitan a pensar con más optimismo. Según el Latinobarómetro 2010, la mayoría de peruanos creen que no puede haber democracia sin partidos políticos (57%), un par de puntos por debajo de la media latinoamericana.

LAPOP 2010, señala que esa opinión la comparten el 61%, y afirma algo más, que en el último quinquenio esa cifra ha subido 10 puntos porcentuales. Sin embargo, en el mismo lapso el número de peruanos que señala tener simpatías por algún partido se redujo casi un tercio, cayendo a 21,2%. Lo paradójico de los resultados es que al mismo tiempo que crece el número de peruanos que cree en la necesidad de los partidos para que exista democracia, cae en similar cantidad la identificación de los peruanos con algún partido[3]. Tal parece que los peruanos consideramos a los partidos como un mal necesario.

Si bien es cierto que en el contexto latinoamericano el Perú ha obtenido, tradicionalmente, bajas calificaciones respecto de lo que podemos llamar apego al sistema democrático, también es cierto que esos indicadores han mejorado en los últimos años. El problema no parece ser el tipo de régimen más conveniente, sino las instituciones que lo hacen viable. Los peruanos somos en Latinoamérica quienes tenemos los mayores índices de desaprobación del Congreso, el Poder Judicial y como no, de los partidos políticos.

El desfase entre el creciente reconocimiento de la necesidad de los partidos y la disminución de la identificación con ellos, debería conducir a realizar modificaciones a la ley de partidos. Procurando incentivos claros para que los partidos transformen sus mecanismos internos y puedan cumplir con su función de representación. Las democracias representativas requieren partidos sólidos que puedan procesar con eficacia las demandas sociales; porque los partidos representan, movilizan, reclutan y seleccionan las élites políticas, presentan opciones al votante, articulan intereses, diseñan las políticas públicas del gobierno y en general, hacen operativas las instituciones del sistema democrático.

Una reforma que contribuiría a conectar  los partidos nacionales con la ciudadanía es la celebración de elecciones internas abiertas y simultáneas, del que surjan  los candidatos a elección popular de los partidos nacionales. De haber ocurrido en esta campaña, la elección de algunas candidaturas se hubieran procesado de forma más ordenada y hubiera evitado en alguna medida el mercado de alianzas, planchas y candidaturas congresales en marcha que tanto desprestigio les acarrea.

Los partidos políticos no van a desaparecer, a pesar de que su vaciamiento parece convertirlos a todos en “vientres de alquiler”. En contraposición a lo que ocurre con los partidos nacionales, en las regiones surgen movimientos que por desconocimiento muchas veces tildamos de personalistas o aventureros, sin embargo, en seis regiones se han reelegido presidentes regionales y, como se afirma en la última edición de la Revista Poder se está generando una suerte de “proto-clase política regional”. Urge la necesidad de articular la política regional y la nacional, a riesgo de que avancen las fuerzas centrífugas del sistema político y para ello las reformas parecen inevitables. La celebración de elecciones internas abiertas puede contribuir a la necesaria renovación de los partidos.


[1] ONPE. Revista Elecciones Nº 10.
[2] Latinobarómetro y LAPOP 2010.
[3] En particular cae la identificación con el APRA, mientras en el 2008 casi la mitad de los encuestados decía simpatizar con este partido en el 2010 ese porcentaje se redujo al 24%. LAPOP 2010.